Elisa

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Elisa jamás ha estado enamorada de su esposo. «Fue todo un malentendido», sonríe mordiéndome el labio. «Nos conocimos en el viaje de fin de carrera, jamás nos habíamos tratado, sólo que a veces nos saludábamos en los pasillos, por los amigos». Los comunes amigos que acabaron relacionándolos.

–Y en el viaje de fin de carrera qué. En el viaje de fin de carrera, la atmósfera esa extraordinaria: hablas, bailas, te ríes y confiesas con gente como Alfonso. Y con Alfonso por supuesto me terminé acostando.  

Da una calada y se aparta como se apartan los que por un instante se quedan absortos. Enseguida vuelve en sí.

–Y después ya me vi casada. No me preguntes por esos… ¡seis meses sólo! A santo de qué, jamás se me había pasado por la cabeza casarme tan pronto. Y menos con alguien como Alfonso. A santo de qué. Que es que no teníamos nada que ver –de nuevo el asombro–. La atmósfera esa extraordinaria, Manuel. ¡La atmósfera esa extraordinaria! –me vuelve a morder.

Otra calada.

–De la boda tampoco me acuerdo –se ríe como una niña que no puede ser mala–. Sólo de que, en la víspera, ya en la mañana estaba borracha. Muchísimo, sin que nadie lo notara. Salvo mi madre, que al irse a la cama me tomó por los brazos y conmovida me miró fijo. «No tengo ni idea de qué estoy haciendo, mamita», le dije muriendo de amor por ella y con la pletórica sonrisa esa que nos sale justo antes de que rompamos a llorar desconsoladas.

Sin dejar de sonreír, hace un puchero.

–Alfonso en un principio no quería reconocer que desde el primer minuto – «¡la atmósfera esa, Manuel!», me aprieta la mano– fue todo un malentendido. Así que sufrió. Pero luego ya no. Acabó asumiendo, resignado. Le tengo un enorme respeto por eso. Nunca me puso a prueba, nunca me obligó a serle franca, jamás me hizo una escena. Fue ahí, fue entonces que empezamos a tener que ver. Ahí ya sí forjamos un vínculo tremendamente valioso que no tenemos la menor intención de romper.

Me lo dice mirándome a los ojos, pero no es un desafío sino la consagración del que se ha establecido entre nosotros.

–Te lo advierto para que no haya malentendidos.

Se ríe y le acaricio el pelo.

Cuando se me pase la punzada de angustia, le daré un beso.

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