El pésimo salario mínimo

 

“El Banco de España propone suprimir el salario mínimo”. Bien. “En algunos casos”. Mal. El salario mínimo es un error en general, y un disparate, qué despropósito, ¡el horror!, en el caso particular del país de los Seis Millones de Parados. El salario mínimo es una de esas ideas fascinantes que hacen muchísimo más mal que bien, especialmente entre quienes tienen la desgracia de suscitar la simpatía o la compasión de la gente estupenda, con ese corazón que no le cabe en el pecho y que de tanto pensar en la Humanidad acaba olvidándose del hombre de la calle Manuel Sánchez Sánchez, sí señor, por parte de mi padre y por parte de mi madre.

El salario mínimo, “vestido como conquista social”, es “uno de los principales responsables del paro de jóvenes, mujeres y trabajadores no cualificados”, leemos en el Diccionario políticamente incorrecto del maestro Rodríguez Braun. Exacto. Es una formidable barrera de entrada al mercado para/contra quienes ya lo tienen especialmente difícil. Le cedo la palabra a mi querido colega José Carlos Rodríguez, la cara amable del liberalismo español, pues lo dejó cristalino en este artículo que compuso hace tres años: 

Quienes defienden el salario mínimo no tienen ninguna teoría sobre cómo se forman los salarios en el mercado. Ninguna. Ni buena ni mala. Los salarios se acuerdan en función, esto no le extrañará a nadie, del valor que puede aportar el trabajador a la empresa. Hay trabajadores que no pueden aportar mucho, que son poco productivos. Porque son jóvenes y tienen poca experiencia y formación. O porque son inmigrantes, y a la falta de formación suman otros condicionamientos. A lo mejor, para ciertos trabajos, no son capaces de aportar lo suficiente como para poder ganar un salario que esté por encima del mínimo fijado por el Gobierno, de modo que los salarios mínimos los expulsan del mercado. Los jóvenes pierden oportunidades para formarse trabajando, y con ellas su capacidad para progresar profesionalmente. También tienen el efecto de expulsar a una parte de los inmigrantes. Además, un salario mínimo perjudica a las regiones más pobres, y las condena a un mayor desempleo.

El salario mínimo es una escalera sin peldaños, se pongan como se pongan los estupendos que pueden permitirse ser ingenuos. Bien lo saben los que tienen peor baba y toda la intención de poner puertas –¡blindadas!– al campo del mercado laboral, para mantener fuera a posibles competidores y ganar lo que no merecerían en otras circunstancias, más justas y abiertas, mejores para casi todos, ¡incluso para ellos, si se dejaran seducir por la excelencia!

Así que “El Banco de España propone suprimir el salario mínimo” es una buena noticia  que podría ser excelente si los cabezas de huevo de esa santa (¡ja!) casa se hubieran ahorrado la coletilla excepcional, el “en algunos casos” aguafiestas.

¿Y al filántropo estupendo? ¿Qué podemos decirle al desahogado filántropo estupendo? Pues lo que el poeta bohemio y con mal fario al mismísimo Dios Nuestro Señor, un mal día en que a Éste se le fue la mano:

No me ayudes, pero tampoco me jodas.

 

Artículo publicado en VLC News el 31-V-2013.

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