Guerra a muerte de Lenin contra los campesinos

(…) los comunistas, junto con otros marxistas, consideraban al campesinado una clase pequeñoburguesa y, como tal, un enemigo declarado de la clase obrera industrial; y ello, a pesar del hecho de que en Rusia la mayoría de los trabajadores industriales procedía del ámbito rural y mantenía estrechos vínculos con él. Los comunistas declararon la guerra a la población rural con dos propósitos: conseguir alimentos para las ciudades y el Ejército Rojo e introducir su autoridad en el campo, que en gran medida todavía no se había visto afectado por el golpe [de estado] bolchevique.

En el verano de 1918, Moscú lanzó una campaña para obtener cereales de las aldeas, que los campesinos no estaban dispuestos a vender al gobierno a los precios que éste había fijado, irracionalmente bajos. Se crearon en las aldeas Comités de los Pobres, una especie de quinta columna rural de la que se esperaba que, a cambio de una parte de las provisiones, colaborara con el gobierno en contra de los campesinos más ricos (los kulaks), de quienes se sospechaba que acaparaban alimentos. Al mismo tiempo, Moscú envió al campo destacamentos de matones urbanos armados para que se encargaran de recaudar el excedente. El resultado de ello fueron verdaderas batallas campales entre los campesinos, muchos de ellos soldados desmovilizados, y los destacamentos alimentarios. Gran parte del país se precipitó en una guerra civil, más cruenta que la que enfrentaba al Ejército Rojo contra los blancos. Lenin, calificando de kulak a cualquier campesino que se resistiera a la autoridad soviética, alzó su voz contra ellos e incitó pogromos a gran escala. Los siguientes constituyen dos ejemplos de sus directrices, ambos de agosto de 1918. El primero procede de un discurso dirigido a los trabajadores; el segundo, de una orden secreta que envió a los funcionarios comunistas de la provincia de Penza:

“El kulak detesta terriblemente la autoridad soviética y está dispuesto a sofocarla, a apuñalar a cientos de miles de trabajadores (…) O el kulak somete a un número ilimitado de trabajadores, o los trabajadores aplastan despiadadamente la rebelión de la minoría ladrona de quienes están en contra del poder de los obreros (…) Los kulaks son los más brutales, los más groseros, los más salvajes explotadores (…) Esas sanguijuelas se han hecho ricas en la guerra a costa de la necesidad del pueblo (…) Esas arañas han engordado a expensas de los campesinos, empobrecidos por la guerra, o de los trabajadores hambrientos. Esos chupasangres se han bebido la sangre de los obreros, haciéndose más ricos cuanto más desfallecía de hambre el trabajador en las ciudades y las fábricas. Esos vampiros han acaparado y siguen acaparando en sus manos las tierras de los terratenientes, esclavizando una y otra vez a los campesinos pobres. ¡Guerra despiadada contra los kulaks! ¡Démoesles muerte!”.

“¡Camaradas! La rebelión de los cinco distritos kulaks debe ser reprimida despiadadamente. Los intereses de toda la revolución lo exigen porque ahora “la última y decisiva batalla” contra los kulaks se libra en todas partes. Hay que dar ejemplo.

1. Colgad (colgad sin falta, que la gente lo vea) a no menos de cien kulaks conocidos, hombres ricos, sanguijuelas.

2. Haced públicos sus nombres.

3. Quitadles todos sus cereales.

4. Designad rehenes, según telegrama de ayer. Hacedlo de tal forma que en centenares de verstas a la redonda la gente vea, tiemble, sepa, grite: los están ahogando, y ahogarán hasta morir a las sanguijuelas kulaks.

Vuestro,

Lenin.

Encontrad algunas personas realmente duras”.

Una respuesta de los campesinos, ricos y pobres, a este terror consistió en recortar la extensión de terreno sembrada con el fin de reducir el excedente sujeto a confiscación. Al mismo tiempo, la escasez de caballos de tiro, movilizados para la guerra civil, redujo el rendimiento. Como consecuencia, las cosechas de cereales disminuyeron de aproximadamente 79 millones de toneladas en 1913 a unos 49 millones en 1920.

Richard Pipes, Historia del comunismo, Mondadori, Barcelona, 2002, pp. 68-70.