Abono humano

Dos supervivientes a quienes los jemeres rojos habían obligado a fabricar ese abono humano a la espera de que llegara su turno de ser asesinados permanecían allí. Conmocionados, no habían podido abandonar el lugar cuando llegaron los vietnamitas. Nos dieron un testimonio espantoso. Los yautheas llevaban a sus víctimas, hombres, mujeres y niños, en sus carretas por la noche. Las mujeres y los niños eran separados de los hombres, que debían llevar carros de cáscara de arroz a las proximidades de las fosas. Poco después, se agrupaba a los hombres, las mujeres y los niños en torno a la fosa con los ojos cerrados y los yautheas los ejecutaban dándoles hachazos en la nuca, sin disparos: las municiones eran demasiado caras para Angkar. Los hombres que seguían vivos desnudaban los cadáveres, los arrojaban en las fosas y esparcían las cáscaras: una capa de cadáveres, una capa de cáscara de arroz, y así hasta que la fosa estaba llena, después los regaban de petróleo y prendían fuego. Veinticinco horas después, acudían a recuperar las cenizas para pasarlas por un tamiz. Las osamentas que habían resistido eran reducidas a polvo a golpe de mortero, las cenizas se almacenaban en sacos de yute para ser esparcidas en los arrozales como abono. Esos monstruos decían que era un abono ecológico y gratuito para las arcas de Angkar.

Denise Affonço, El infierno de los jemeres rojos, Libros del Asteroide, Barcelona, 2010, p. 199.