Contra Catalunya

El catalán actualmente existente lleva, como el coche de algunos recién casados, una ristra de latas. Adonde quiera que va le acompaña esa murga. Cualquier movimiento que haga, esa murga lo juzga. Así, el catalán actualmente existente ha optado por quedarse quieto. Por no molestar, los espíritus gregarios. Por evitar el mareo, los espíritus sensibles. El catalán actualmente existente tiene su metáfora y su símbolo –el Museu d’Història Nacional debe trabajar para incorporarlos prontamente a una de sus salas– en esa colección de mimos que se apostan inmóviles, a todas horas, en las Ramblas de mi ciudad. La única de sus ambiciones es que ni su respiración se advierta. Es un trabajo duro. Entumece. Lo peor tal vez sea esa vejez prematura que presagia. O las burlas de los niños, libertinos incapaces de apreciar el esfuerzo y la sutileza de la pose. En recompensa a su virtuosismo, los paseantes les echan monedas. Menos mal que el negocio va francamente bien.

Arcadi Espada, ob. cit., p. 259. Barcelona, invierno de 1996.